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Cuando el cerebro ama sin filtros: del flechazo a la madurez emocional

“Lo amo desde el primer momento en que lo vi.” Esta frase, tan romántica como peligrosa, encierra en sí misma una verdad neurobiológica fascinante y un riesgo psicológico evidente. Tal como describe el Dr. Eduardo Calixto en su libro Amor y desamor en el cerebro (2023) [1], el amor súbito y apasionado activa un cóctel de sustancias —dopamina, oxitocina y noradrenalina— que nos hace sentir eufóricos, confiados y profundamente atraídos. Pero también nos vuelve personas ciegas.


¿Dopa qué, oxito...mmm y nora cuá? A ver, a ver... pa empezar entendiéndonos: La dopamina es un neurotransmisor (una sustancia química que transmite señales entre las neuronas en el cerebro y el sistema nervioso) implicado en la regulación del movimiento, la atención, el aprendizaje y las sensaciones de placer y recompensa (Kolb & Whishaw, 2006) [2]. La oxitocina, por otro lado, es producida en el hipotálamo (la parte del cerebro que regula funciones vitales como el hambre, la temperatura, el sueño y la liberación de hormonas) y conocida como la “hormona del amor”. Las hormonas son sustancias químicas producidas por las glándulas del cuerpo que regulan diversas funciones y procesos biológicos. En este caso, la oxitocina u hormona del amor, favorece el apego, la confianza y las interacciones sociales, además de participar en procesos como el parto y la lactancia (National Center for Biotechnology Information, 2020) [3].


Por su parte, la noradrenalina (también llamada norepinefrina) actúa como neurotransmisor y hormona (pa' seguirnos aclarando... los neurotransmisores actúan entre neuronas, mientras que las hormonas viajan por la sangre para actuar en órganos y tejidos). Así, la nnoradrenalina prepara al cuerpo para enfrentar situaciones de estrés: incrementa el ritmo cardíaco, la energía y la atención, contribuyendo a la respuesta de “lucha o huida” (Kolb & Whishaw, 2006)[2].


En el caso de Laura, la protagonista del capítulo “El amor sin preámbulo, pasiones que enseñan”, esa química cerebral la llevó a idealizar a Agustín, un hombre narcisista que la sedujo, manipuló y, finalmente, la abandonó. Lo que parecía una historia de amor resultó ser una lección neurobiológica sobre los límites entre emoción, madurez cerebral y autoconocimiento.


El capítulo “El amor sin preámbulo, pasiones que enseñan” relata... (¡Alerta de spoiler romántico y neuroquímico! 💘🧠... Si te interesa conocer en profundidad esta historia y el análisis que hace el Dr. Eduardo Calixto sobre el cerebro enamorado, te recomendamos leer el capítulo completo en su libro. Aun así, si decides saltarte esta parte de nuestro artículo, no te preocupes: el contenido te permitirá comprender perfectamente las ideas principales y reflexionar sobre cómo las emociones y la neuroquímica influyen en nuestras relaciones si decides continuar, lee esta parte...) la historia de Laura, una joven de 18 años que, movida por un intenso enamoramiento hacia Agustín, un hombre mayor con estrategias manipuladoras. Así, Laura perdió el rumbo de su vida. Impulsada por la idealización y los efectos neuroquímicos del amor, Laura se desconectó de sus verdaderas necesidades, abandonando sus estudios, su relación previa y sus planes personales para adaptarse a un “deber ser” centrado en agradar a Agustín. Su percepción se nubló por la dopamina y la inmadurez de su corteza prefrontal, lo que la llevó a ignorar señales evidentes de abuso y engaño. Tras el abrupto abandono y rechazo de Agustín, Laura enfrentó un profundo dolor, pero también un proceso de autoconocimiento y madurez. Con ayuda terapéutica, comprendió que su entrega había sido el resultado de una idealización inmadura y de un patrón de contacto interrumpido. Años después, ya estudiante avanzada de psicología, logró resignificar su experiencia como un aprendizaje sobre los límites, el amor propio y la diferencia entre una pasión destructiva y un vínculo sano.


Más allá de la historia y el enfoque neurocientífico, este relato también nos invita a explorar cómo la psicoterapia humanista y las corrientes contemporáneas de intervención emocional pueden ayudarnos a comprender —y procesar— las heridas que deja un amor desequilibrado.


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La Gestalt: ver lo que el cerebro no quiere ver

Desde la mirada de la Terapia Gestalt (Perls, Hefferline & Goodman, 1951) [4], la historia de Laura es el ejemplo perfecto de un “contacto interrumpido”. En Gestalt, una interrupción del contacto ocurre cuando el ciclo de la experiencia se detiene antes de satisfacer una necesidad, como cuando alguien reprime su enojo y finge estar 'de buenas' para evitar un conflicto. A sus 18 años, Laura, impulsada por un enamoramiento que alteraba su percepción y con una corteza prefrontal aún inmadura. La corteza prefrontal es la parte del cerebro que regula la toma de decisiones, el autocontrol y la planificación a largo plazo, que se desarrolla a los 25 años en los hombres y entre los 22 y 23 años en las mujeres. Así, Laura idealizó a Agustín, desconectándose de sus necesidades y planes de vida reales. Su atención quedó dominada por un “deber ser” autoimpuesto —“debo hacerlo feliz”, “debo ser suficiente”— mientras la imagen idealizada de él eclipsaba su aquí y ahora, hasta que su abrupto abandono la enfrentó a un doloroso pero valioso aprendizaje sobre la realidad.


La Gestalt nos invita a reconectar con la experiencia presente: notar las señales del cuerpo, las emociones y los pensamientos sin negarlos. Si Laura hubiese tenido herramientas gestálticas, habría podido reconocer la tensión, la ansiedad o la tristeza como señales de un contacto que no estaba siendo atendido. En este sentido, el trabajo terapéutico se orientaría a cerrar las “gestalts abiertas” —esos asuntos inconclusos que siguen generando dolor—, integrando la experiencia del desamor como parte de un proceso de crecimiento y autoafirmación.


La Terapia Centrada en la Persona: el valor de la autenticidad

Carl Rogers (1961) [5] planteó que el cambio terapéutico ocurre cuando la persona se siente aceptada incondicionalmente, escuchada y comprendida. En Laura vemos lo contrario: un entorno relacional donde la validación dependía del otro.


Desde la Terapia Centrada en la Persona (TCP), el acompañamiento a Laura implicaría acompañarla a reconstruir su autoconcepto desde la congruencia interna, a través de una escucha donde se validara todo lo que trae, sin juicios, y haciendo espacio a lo que siente. La idea no es analizar su cerebro —como haría un neurocientífico—, sino escuchar su experiencia subjetiva con empatía genuina, real, vívida. Rogers afirmaba que “cuando una persona se siente profundamente comprendida, comienza a comprenderse a sí misma”. Y de eso, pueden dar fe varias personas que me consultan o han consultado (modestia a parte, si se me permite). Esa comprensión podría ayudar a Laura a reencontrarse con su valor personal más allá de la aprobación o el rechazo de Agustín.


La neuropsicología confirma esta relación entre emoción y autoconciencia: el fortalecimiento del autoconcepto activa regiones prefrontales vinculadas con la autorregulación y la toma de decisiones maduras (Kolb & Whishaw, 2006) [2]. Así, la empatía no solo sana emocionalmente, sino que reestructura el cerebro.


Las Terapias Narrativas: reescribir la historia del desamor

Michael White y David Epston (1993) [6] propusieron que las personas se definen por las historias que cuentan sobre sí mismas. Laura, atrapada en el relato del fracaso amoroso, podría considerarse “víctima del narcisismo de Agustín”. Pero desde la Terapia Narrativa, el objetivo sería reconstruir una narrativa alternativa, donde el dolor se transforme en sabiduría. Sí... es verdad, suena más sencillo de lo que parece, y es todo un proceso... sin embargo... es posible.


Reescribir su historia podría llevarla de “fui engañada” a “aprendí a reconocer mis límites”. Esta resignificación no borra el sufrimiento, pero lo sitúa dentro de un contexto de aprendizaje. Tal como señala Calixto, el cerebro “aprende más rápido de un error que de un acierto”; en clave narrativa, ese error se convierte en identidad reconstruida. Ir del territorio de las identidades conocidas al territorio de las identidades preferidas.


Según White y Epston, este tránsito implica dejar atrás los relatos dominantes —esas historias saturadas de problema que configuran quién creemos ser— para adentrarse en un territorio aún incierto, donde emergen las identidades preferidas, aquellas que reflejan los valores, sueños y significados que una persona desea vivir. En este movimiento, se atraviesa lo que podría llamarse el territorio de la liminalidad: un espacio intermedio, ambiguo, donde las viejas identidades pierden peso, pero las nuevas todavía no han tomado forma definitiva (White, 2004) [7].


Ese territorio liminal es un lugar de exploración y posibilidad. Allí se suspenden los juicios y las certezas, se experimenta con nuevas narraciones y se dialoga con los propios significados. No es un territorio cómodo, pero sí fértil: es donde se gestan las transformaciones identitarias más profundas (Gonçalves, y colaboradores, 2011) [8]. Como sugiere White, las “conversaciones de reautoría” permiten que las personas se reconecten con sus valores, abriendo paso a relatos más coherentes con la vida que desean habitar (DeKruyf, L., 2008) [9].


La narrativa terapéutica también integra la comunicación no violenta (Rosenberg, 2006) [10], ayudando a Laura a expresar sus emociones sin culpa ni autoacusación, favoreciendo la compasión (entendida como el deseo de aliviar el dolor) hacia sí misma.


Del flechazo a la conciencia: integrar cerebro y experiencia

La neurociencia explica por qué nos enamoramos de manera irracional; desde las psicoterapias humanistas tratamos de abordar el cómo podemos reconciliarnos con esa irracionalidad. Cuando el cerebro libera dopamina, el juicio crítico se suspende. Pero la madurez emocional no surge al suprimir la química, sino al integrarla en la conciencia. Así, la Gestalt nos enseña a observar el presente, la Terapia Centrada en la Person a validar nuestra autenticidad y las Terapias Narrativas a resignificar el pasado.


El amor y el desamor son procesos biológicos y psicológicos que, lejos de excluirse, se complementan. Como dice el Dr. Calixto, “nadie nos dijo que una expareja nos enseña más cuando se aleja que cuando está junto a nosotros”. Tal vez esa sea la lección final: el cerebro ama con dopamina, pero solo el alma madura con comprensión.


Te dejo un abrazo pendiente, hasta que nos volvamos a encontrar por estos espacios virtuales.


Referencias

  1. Calixto, E. (2023). Amor y desamor en el cerebro. Debolsillo.

  2. Kolb, B., & Whishaw, I. Q. (2006). Neuropsicología humana. Ed. Médica Panamericana.

  3. National Center for Biotechnology Information. (2020). Oxytocin. StatPearls.

  4. Perls, F. S., Hefferline, R. F., & Goodman, P. (1951). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. Editorial Cuatro Vientos.

  5. Rogers, C. (1961). El proceso de convertirse en persona. Paidós.

  6. White, M., & Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.

  7. White, M. (2004). Narrative practice and the unpacking of identity conclusions. Dulwich Centre Publications. www.dulwichcentre.com.au

  8. Gonçalves, M. M., Ribeiro, A. P., Mendes, I., Matos, M., & Santos, A. (2011). Tracking novelties in psychotherapy process research: The innovative moments coding system. Psychotherapy Research, 21(5), 497–509. https://doi.org/10.1080/10503307.2011.560207

  9. DeKruyf, L. (2008). An introduction to narrative therapy. Digital Commons @ George Fox University, Graduate School of Counseling. Recuperado de https://digitalcommons.georgefox.edu/gsc/15

  10. Rosenberg, M. B. (2006). Comunicación no violenta: Un lenguaje de vida. Editorial Acanto.


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