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Desromantizar el amor romántico para amar más humano

Nos enseñaron que el amor verdadero es estabilidad emocional permanente. Que si es “la persona correcta”, no duele. Que si hay conflicto, algo está mal. Que si el enamoramiento baja, se acabó el amor. Pero la vida real no funciona así.


La vida es: Ando de buenas. Ando de malas. Y a veces ando de buenas y de malas al mismo tiempo.

Y el amor, si es humano, también. Tal vez el problema no es el amor. Tal vez es la romantización del amor.


El enamoramiento: un estado maravilloso… y temporal

Desde la neurociencia, el enamoramiento se asocia con la activación de circuitos dopaminérgicos y noradrenérgicos (redes del cerebro que utilizan dopamina y noradrenalina para generar motivación, placer, energía y atención), así como con la disminución de serotonina (reducción del neurotransmisor asociado con el bienestar emocional, el equilibrio del estado de ánimo y el control de pensamientos obsesivos, lo que favorece pensamientos intrusivos sobre la persona, una focalización intensa —casi obsesiva— y patrones similares, en nivel leve, al trastorno obsesivo-compulsivo; menor “freno cognitivo” y mayor repetición de pensamientos sobre la pareja), lo cual genera estados de alta motivación, energía y focalización atencional (Fisher, 2004; Fisher et al., 2006) [1 y 2]. Investigaciones de Helen Fisher sugieren que esta etapa inicial se asemeja más a un sistema de motivación y recompensa que a un estado de bienestar estable. Es foco obsesivo. Es energía. Es euforia. Es como una droga, y a pesar de todo, sí... es súmamente agradable. Y suele durar entre seis meses y tres años (Fisher, y colaboradores 2016) [3]. No es cinismo. Es biología.


El cerebro cumple una función adaptativa: favorecer el acercamiento, el vínculo y la cooperación reproductiva. En su obra Why We Love, Fisher (2004) describe el amor romántico como un sistema cerebral diseñado para dirigir la atención hacia una persona específica. Sin embargo, el enamoramiento abre la puerta; no sostiene la casa.


Desde perspectivas divulgativas, autores como Eduardo Calixto han señalado diferencias en los procesos iniciales de atracción, sugiriendo que en muchos hombres predomina un procesamiento más visual e inmediato. Esto no implica simplificación, sino la existencia de filtros iniciales menos complejos en comparación con procesos posteriores más elaborados (Calixto, 2018) [4] .


No obstante, ninguna activación neuroquímica garantiza habilidades relacionales.


El Complejo Mayor de Histocompatibilidad: cuando el cuerpo elige antes que la conciencia

En biología evolutiva, se ha estudiado el papel del Complejo Mayor de Histocompatibilidad (MHC por sus siglas en inglés), un conjunto de genes relacionados con el sistema inmunológico. El estudio clásico de Claus Wedekind (1995) [5] encontró evidencia de que las personas tienden a sentirse más atraídas por individuos con un MHC diferente al propio, lo cual podría favorecer una mayor diversidad inmunológica en la descendencia.


Es decir, parte de lo que llamamos “química” puede tener raíces genéticas. Pero aquí aparece un punto clave: La biología puede acercarnos; no puede enseñarnos a dialogar. Puede generar deseo; no puede sostener acuerdos. Puede encender el fuego; no puede administrar la convivencia.



Cuando baja la dopamina, aparecen las historias

Tras la fase inicial del enamoramiento, emergen capas más profundas de la experiencia relacional:

  • Historias familiares

  • Estilos de apego

  • Heridas no resueltas

  • Relatos dominantes

  • Necesidades no atendidas


Durante el enamoramiento, las personas tienden a idealizar, amplificar lo positivo y minimizar lo que genera incomodidad (Fisher, 2004). Sin embargo, cuando la intensidad neuroquímica se estabiliza, emergen estrategias aprendidas para la regulación emocional y la protección personal.

Y entonces aparece el conflicto.


No necesariamente por "maldad", sino porque cada persona intenta satisfacer sus necesidades con las herramientas que ha aprendido a lo largo de su historia. A eso hay que añadirle que todas las personas somos impactantes e impactables, y entonces comienzan los roces, no desde los sentimientos y necesidades, sino desde las estrategias que cada persona ocupa para intentar satisfacer sus propias necesidades, o ser vista como persona.


El verdadero problema: discutimos estrategias, no necesidades

Las parejas rara vez discuten por lo que creen discutir. En realidad, suelen confrontar estrategias:

“Te aíslas.” “Eres demasiado intensa.” “No me escuchas.” “Siempre necesitas más.”


Debajo de estas expresiones subyacen necesidades humanas fundamentales:

  • Seguridad

  • Reconocimiento

  • Autonomía

  • Conexión

  • Pertenencia


(Checa las tablas de necesidades aquí)


Cuando la conversación permanece en el nivel de las estrategias, se intensifica la polarización. En cambio, al identificar sentimientos y necesidades, se abre la posibilidad de comprensión mutua, como propone la Comunicación No Violenta (Rosenberg, 2006) [6].


La comunicación no violenta no implica ganar, convencer o imponer, sino comprender qué está vivo en cada persona, al nivel de los sentimientos y de las necesidades. ¿Qué estará cuidando esta persona enfrente de mí, de la que una vez estuve profundamente enamorad@, cuando utiliza estas estrategias impactantes para mí? Lo cierto, también, es que a veces podemos estar dispuestas, como personas, a flexibilizar nuestras estrategias. Y a veces... ya no. Aceptar eso es una de las tareas más complejas en las relaciones humanas. Y eso, no nos hace ni buenas ni malas personas, simplemente personas cuidando cosas importantes para nosotras.


No todas las relaciones están destinadas a durar

Una perspectiva menos idealizada, pero más realista, reconoce que no todas las relaciones persisten en el tiempo.

Algunas evolucionan, crecen, se sostienen, se aportan y se acompañan en los procesos de transformaciones que van viviéndose. Otras terminan. Y terminar una relación no implica necesariamente tener un fracaso moral.


En ocasiones, las personas no logran flexibilizar sus estrategias. En otras, una desea cambiar y la otra no. A veces ambas desean hacerlo, pero no cuentan con los recursos necesarios. Esto no es un defecto o problema ético, sino un límite muy humano.


Amar más humanamente

Desromantizar el amor no lo vuelve frío; lo vuelve consciente.


Implica reconocer que:

  • El enamoramiento es una fase

  • El conflicto es inherente al vínculo

  • La compatibilidad absoluta no existe

  • Las diferencias no equivalen a maldad


Amar de forma más humana implica comprender que la felicidad no consiste en estar siempre bien, sino en saber transitar también los momentos difíciles. Es poder decir: “Estoy de buenas.” “Estoy de malas.” Y aun así elegir no dañar.


El enamoramiento enciende la chispa. La conciencia sostiene el fuego. Vivir un proceso consciente de manera constante, evita que ese fuego destruya la relación. En ocasiones, incluso con conciencia, el fuego se apaga. Eso también es parte de la vida.


Porque amar de forma más humana no es prometer eternidad, sino sostener dignidad mientras el vínculo exista.


Te dejo un abrazo pendiente, mientras nos volvemos a encontrar por estos lares virtuales.


Referencias

[1] Fisher, H. (2004). Why we love: The nature and chemistry of romantic love. Henry Holt & Company.

[2] Fisher, H. E., Aron, A., & Brown, L. L. (2006). Romantic love: A mammalian brain system for mate choice. Philosophical Transactions of the Royal Society B: Biological Sciences, 361(1476), 2173–2186. https://doi.org/10.1098/rstb.2006.1938

[3] Fisher HE, Xu X, Aron A and Brown LL (2016) Intense, Passionate, Romantic Love: A Natural Addiction? How the Fields That Investigate Romance and Substance Abuse Can Inform Each Other. Front. Psychol. 7:687. doi: 10.3389/fpsyg.2016.00687

[4] Calixto, E. (2018). Amor y desamor en el cerebro: Descubre la ciencia de la atracción, el sexo y el amor. Aguilar.

[5] Wedekind, C., Seebeck, T., Bettens, F., & Paepke, A. J. (1995). MHC-dependent mate preferences in humans. Proceedings of the Royal Society B: Biological Sciences, 260(1359), 245–249. https://doi.org/10.1098/rspb.1995.0087

[6] Rosenberg, M. B. (2006). Comunicación No Violenta: Un lenguaje de vida.


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