Lo que nadie nos enseñó sobre el amor, el enamoramiento y las relaciones humanas
- Mauricio Durán

- 13 may
- 6 min de lectura
Vivimos rodeadas, como personas, de relatos sobre el amor. Películas románticas, historias de Disney, redes sociales llenas de momentos felices, frases sobre “el amor verdadero”, parejas perfectas y publicaciones cuidadosamente seleccionadas donde parece que todo fluye de manera natural. Y entonces, sin darnos cuenta, comenzamos a compararnos. Compararnos con relaciones ajenas. Con expectativas irreales. Con versiones editadas de la vida afectiva. El problema es que casi nadie nos enseña algo fundamental: Cómo funciona realmente el vínculo humano. Y mucho menos cómo gestionar las emociones, los desacuerdos, los límites, el dolor, el enojo o las diferencias cuando dejamos de estar “enamoradas” y comenzamos verdaderamente a relacionarnos.
El enamoramiento no es amor… todavía
Desde la neurociencia, diversos estudios han mostrado que el enamoramiento implica una activación cerebral intensa asociada con dopamina (neurotransmisor —mensajero químico que transmite señales rápidas entre las neuronas del cerebro— del placer y la recompensa), oxitocina (hormona —sustancia química liberada en la sangre que regula funciones corporales y estados de ánimo a mayor escala— del vínculo y el apego), serotonina (neurotransmisor del ánimo y el pensamiento obsesivo) y norepinefrina (neurotransmisor de la euforia y la alerta). Por tanto, el enamoramiento genera sustancias relacionadas con el placer, la recompensa, la motivación y la focalización de la atención.
Helen Fisher (2005), antropóloga y bióloga, estudió ampliamente cómo el cerebro enamorado funciona de forma semejante a ciertos procesos adictivos. Cuando estamos enamoradas, como personas: pensamos constantemente en la otra persona, idealizamos, disminuye nuestra percepción de defectos, y nuestro cerebro literalmente prioriza el vínculo.
Desde distintas aproximaciones neurocientíficas —incluyendo las divulgaciones del neurólogo mexicano Eduardo Calixto (2018)— se ha señalado que esta etapa puede durar aproximadamente entre seis meses y tres años. Por eso, cuando estamos enamoradas: minimizamos señales incómodas, justificamos conductas, toleramos cosas que después nos costarán trabajo, y vemos principalmente “lo bonito” de la otra persona. No porque seamos ingenuas. Sino porque nuestro cerebro está funcionando distinto.
Las ramas del árbol: una metáfora sobre las personas
A menudo comparto con las personas consultantes que trabajan conmigo algo importante: Las personas somos como árboles Cuando conocemos a alguien y nos enamoramos, solemos mirar solamente las ramas que más nos gustan: el humor, la sensibilidad, la inteligencia, la ternura, la admiración, la atención, la pasión, la escucha. Pero conforme el vínculo avanza, comenzamos a ver otras ramas: silencios, inseguridades, formas distintas de comunicar, necesidad de espacio, maneras diferentes de resolver conflictos, estrategias que nos impactan o incomodan, y que quizá en algún punto estuvimos dispuestas a atender desde la flexibilidad, pero llegan momentos en los que ya no queremos flexibilizarnos. Y está bien... pero genera movimientos importantes. Entonces muchas personas piensan: “La relación cambió. Mi pareja cambió”. Pero quizá no cambió tanto. Quizá simplemente comenzamos a ver el árbol completo. O quizá en el camino le salieron nuevas ramas, o se fueron podando otras tantas. ¿Me explico? No somos inamovibles. Estamos en proceso de constante cambio y crecimiento o poda.

Nadie nos enseña a relacionarnos con las diferencias
Aquí aparece uno de los grandes problemas culturales. Nos enseñan a enamorarnos. Nos enseñan a agradar. Nos enseñan a buscar aceptación. Pero casi nadie nos enseña: a gestionar desacuerdos o conflictos, a validar emociones (mucho menos a ver que detrás de las displacenteras hay necesidades), a poner límites, a escuchar (indagar o hipotetizar) necesidades, a pedir espacio sin castigar, a reparar, o a observar lo que las diferencias están cuidando.
Desde la Comunicación No Violenta de Marshall Rosenberg (2006), las emociones no son “buenas” o “malas”. Las emociones son señales de necesidades humanas. El enojo, por ejemplo, suele aparecer cuando algo importante para nosotras necesita cuidado, reconocimiento, consideración o respeto. El problema no es sentir enojo. El problema son muchas veces las estrategias que utilizamos cuando no sabemos cómo gestionar o procesar ese enojo Porque nadie nos enseñó. ¿Y si empezáramos por despegar el enojo del castigo y nombrar o tratar de localizar qué necesidades hay detrás del enojo? (Dale un lente a nuestra tabla de necesidades)
El “lado oscuro” de las personas
Cuando comenzamos una relación, normalmente queremos gustar. Queremos ser aceptadas. Queremos ser elegidas. Queremos sentirnos queribles, como personas. Y entonces mostramos nuestras mejores versiones. Pero escondemos: miedo, inseguridad, tristeza, necesidad de atención, ansiedad, cansancio, celos, necesidad de autonomía, heridas previas. A esos aspectos muchas veces les llamamos el “lado oscuro”. Sin embargo, desde enfoques humanistas como la Terapia Gestalt y el Enfoque Centrado en la Persona de Carl Rogers (1961), esas partes no son "malas" en sí mismas. Son partes humanas que necesitan ser vistas, comprendidas, validadas e integradas. Lo que suele generar daño no es la emoción en sí, sino: la falta de conciencia, la incapacidad de comunicarla, o las estrategias que emergen para protegernos, sin conectar con necesidades.
A veces amar implica flexibilizarnos
Cuando estamos en pareja, inevitablemente perdemos algunas libertades. Y esto no tiene que verse necesariamente como algo negativo. A veces nos flexibilizamos porque queremos construir algo con alguien más: ajustamos tiempos, negociamos espacios, reorganizamos prioridades, cambiamos dinámicas, hacemos acuerdos. Y otras veces no podemos flexibilizarnos. Porque hay algo importante que estamos cuidando. Aquí aparece algo fundamental: Detrás de cada “no”, normalmente hay un “sí” a otra necesidad que estamos cuidando. Un “no puedo ir” puede ser: un sí al descanso, un sí al autocuidado, un sí a la tranquilidad, un sí al espacio personal, un sí a la estabilidad emocional. Comprender esto transforma profundamente las relaciones. Porque dejamos de interpretar automáticamente: “Si no hace lo que quiero, es porque no le importo”. Y empezamos a preguntarnos: “¿Qué estará intentando cuidar?”
Del enamoramiento al amor
El amor comienza justamente cuando termina el enamoramiento. Cuando ya vemos el árbol completo. Cuando aparecen las diferencias. Cuando descubrimos estrategias que nos impactan. Cuando la otra persona deja de ser una fantasía y se convierte en alguien real, complejo, contradictorio y humano. Amar no es no tener conflicto. Amar implica aprender a: escucharnos, validar sentimientos y necesidades, pedir espacio sin destruir, reparar, hablar con honestidad, reconocer impactos, y decidir conscientemente si queremos seguir construyendo (o no... que aunque doloroso e impactante, también es válido).
Lo que nadie nos enseñó sobre las emociones
La realidad es que a la mayoría de nosotras, como personas, no nos enseñaron a gestionar los llamados “sentimientos negativos”, que acá nos gusta llamar más bien "displacenteros". Nadie nos enseña: qué hacer con el enojo, cómo sostener la tristeza, cómo nombrar el miedo, cómo pedir espacio, cómo poner límites sin violencia, o cómo acompañar el dolor de otra persona sin querer controlarlo. Entonces muchas veces hacemos lo único que aprendimos: nos cerramos, evitamos, explotamos, castigamos, dejamos de hablar, o actuamos desde la defensa.
Desde las terapias narrativas (White & Epston, 1990), muchas de estas formas de relacionarnos provienen de historias y aprendizajes culturales que hemos normalizado. Aprendimos que: amar es aguantar, celar es querer, controlar es cuidar, callar evita conflictos, y que quien muestra vulnerabilidad “pierde”. Pero ninguna de esas narrativas ayuda realmente a construir vínculos sanos.
El reto no es encontrar a alguien perfecto
El reto es aprender a relacionarnos de formas más conscientes. Porque ninguna persona llega sin heridas. Ninguna relación llega sin diferencias. Ningún vínculo importante está libre de momentos incómodos. Tal vez el verdadero aprendizaje afectivo no consiste en encontrar a alguien que nunca nos impacte. Sino en aprender: cómo cuidarnos, cómo cuidar, cómo comunicar, cómo reparar, y cómo transformar el conflicto en posibilidad de encuentro. Y eso, lamentablemente, casi nadie nos lo enseñó.
Construir desde la conciencia
El paso del enamoramiento al amor no es una caída, sino una oportunidad de aterrizaje en la realidad. ¿Quá pasaría si la próxima vez que sientas una emoción "displacentera" o te topes con una "rama" del otro que no te gusta, no intentas podarla de inmediato? ¿Qué pasaría si hicieras una pausa para preguntarte: "¿Qué necesidad estoy intentando cuidar yo?" y "¿Qué necesidad estará intentando cuidar la otra persona?"? Cambiar el juicio por la curiosidad es el primer paso para transformar el conflicto en un puente.
Aprender esto no es sencillo porque, como hemos visto, no recibimos ese acompañamiento emocional de origen. Si sientes que tú o tu relación están atravesando ese momento de "ver el árbol completo" y te gustaría contar con herramientas más claras para gestionar el enojo, poner límites o sanar heridas previas, te invito a mis espacios de terapia y acompañamiento.
Podemos trabajar juntas, como personas, para desaprender esas narrativas de control y silencio, y empezar a construir vínculos donde la vulnerabilidad sea tu mayor fortaleza y no tu pérdida. Relacionarnos de forma consciente es un arte que se puede aprender.
Referencias
Brown, B. (2012). Daring greatly: How the courage to be vulnerable transforms the way we live, love, parent, and lead. Gotham Books.
Calixto, E. (2018). Amor y desamor en el cerebro. Aguilar.
Fisher, H. (2005). Why we love: The nature and chemistry of romantic love. Henry Holt & Company.
Rogers, C. R. (1961). On becoming a person: A therapist’s view of psychotherapy. Houghton Mifflin.
Rosenberg, M. B. (2006). Comunicación No Violenta: Un lenguaje de vida.
White, M., & Epston, D. (1990). Narrative means to therapeutic ends. W. W. Norton & Company.





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