Cuidados mutuos bajo la tiranía del control: comprender el cerebro obsesivo-compulsivo
- Mauricio Durán

- 27 dic 2025
- 9 Min. de lectura
Vivir con una persona con Trastorno Obsesivo Compulsivo (TOC) no es solo convivir con manías o hábitos “raros”. Es compartir la vida con un cerebro que no logra apagar la alarma interna del peligro. El Capítulo 4, del libro Amor y desamor en el cerebro (Calixto, 2023) [1] titulado “Amar y entender un cerebro obsesivo compulsivo”, nos invita a entrar en esa experiencia a través de la historia de Ignacio y Ana, una pareja donde el amor se ve tensionado por la rigidez, el miedo y la repetición.
Tal como plantea el Dr. Eduardo Calixto, el TOC no es una cuestión de voluntad ni de personalidad extrema: es una alteración neurobiológica que secuestra la tranquilidad mental, tanto de la persona que lo vive como de quienes le rodean.
Ignacio: brillante, exitoso… y prisionero de su mente
Ignacio es un hombre sumamente exitoso en el mundo del comercio. Creativo, inteligente y organizado, ha construido una carrera sólida gracias a su disciplina. Sin embargo, esa misma capacidad de control se transforma en rigidez extrema cuando invade su vida cotidiana. Acá la primera pregunta que haría yo, para empezar a intervenir la glosa de este texto desde las miradas humanistas sería: ¿Y qué, de los procesos de vida de Ignacio, sería lo que disparó esta serie de comportamientos?
Su mundo está gobernado por el orden y el perfeccionismo: libros clasificados por color y tamaño, puntualidad excesiva, vestimenta impecable. A simple vista, podría parecer una virtud. El problema surge cuando ese orden deja de ser funcional y se convierte en una fuente constante de ansiedad.
A pesar de su prosperidad económica, Ignacio cuida su dinero al extremo. Limita gastos básicos, posee apenas un par de zapatos y pocas mudas de ropa. No por necesidad, sino por miedo: gastar es perder el control. Además, le cuesta delegar tareas porque siente que nadie hará las cosas “como deben hacerse”. Y acá volvería a hacer unas preguntas desde la curiosidad, si yo estuviera acompañando a Ignacio en terapia: "Oye... ¿y a partir de cuándo empezaron estos procesos? ¿qué relatos dominantes acompañaron tu vida? ¿qué viste en papá, en mamá o tus personas cuidadoras? ¿qué estás cuidando cuando no gastas?".
A esto se suma la acumulación: guarda periódicos antiguos, libros fiscales de décadas atrás, objetos que Ana considera basura. Para Ignacio, desprenderse de ellos es intolerable: “algún día podrían servir”. La ansiedad ante la pérdida potencial pesa más que la realidad presente.
Finalmente, está la indecisión paralizante. Ignacio teme equivocarse. Consulta una y otra vez antes de decidir, y si algo sale mal —incluso fuera de su control— se culpa de manera desproporcionada. La culpa, en el TOC, no es moral: es neurobiológica.

Compulsiones: cuando el ritual calma… pero nunca alcanza
Las obsesiones generan ansiedad; las compulsiones aparecen como intentos fallidos de calmarla.
En Ignacio, estas conductas se vuelven parte del día a día:
Regresa hasta cinco veces a casa para verificar si cerró la puerta o las llaves del agua.
Cuenta pasos, autos de cierto color o personas con determinada ropa. Si pierde la cuenta, se enfurece y comienza de nuevo.
Antes de dormir, debe dar tres vueltas a la cama. Si no lo hace, se levanta de madrugada para cumplir el ritual y recién entonces poder descansar.
Estas acciones no le producen placer. Producen alivio momentáneo. Como apagar una alarma… que vuelve a sonar minutos después.
Ana, su esposa, sostiene durante años la convivencia con paciencia. Sin embargo, llega un punto de quiebre: el mal humor constante, la rigidez y la vida sometida a rituales se vuelven insoportables. Ana da un ultimátum: terapia o separación.
Ese límite, lejos de ser una amenaza, se convierte en el primer acto de amor sano.
La neurobiología del TOC: un cerebro en estado de alerta permanente
Eduardo Calixto, explica claramente que el cerebro de una persona con TOC no descansa. Vive en una tensión constante, como si algo terrible estuviera a punto de ocurrir.
Desde la neurociencia, se han identificado varios mecanismos clave:
Redes neuronales sobreactivadas. Los circuitos encargados de la formación de hábitos y de la supervisión del error funcionan de manera reiterativa y rígida. El cerebro “detecta” fallas incluso cuando no existen.
Regiones cerebrales implicadas. Durante los rituales, toman protagonismo la corteza prefrontal (encargada de regular decisiones, conducta y autocontrol), el tálamo (quien transmite información sensorial del cerebro) y los ganglios basales (que controlan movimiento y hábitos); en general hablamos de áreas relacionadas con el control, la repetición y la toma de decisiones (Kolb & Whishaw, 2006) [2].
Alteraciones neuroquímicas. Se observa una disminución de serotonina, neurotransmisor clave para la regulación emocional, junto con modificaciones en la actividad de las neuronas espejo, que imitan acciones y emociones, para comprender y aprender, lo que afecta la empatía y la flexibilidad conductual.
Componente genético. El TOC tiene una heredabilidad estimada entre el 45 % y el 65 %. En la historia, esto se evidencia en el hijo de Ignacio, quien desde pequeño muestra lavado excesivo de manos y un orden meticuloso. El cerebro aprende… y también hereda.
Como explica Calixto (2023), el TOC es “un sistema de alarma defectuoso”: el cerebro sabe que no hay peligro real, pero no logra desactivar la señal.
Analogía: la alarma que nunca se apaga
Tener un cerebro con TOC es como vivir en una habitación donde una alarma de seguridad defectuosa se dispara todo el tiempo. La persona sabe que no hay un intruso, pero el ruido es tan intenso que se siente obligada a revisar la cerradura una y otra vez, solo para conseguir unos segundos de silencio mental.
Ese silencio nunca dura.
Desde la Terapia Gestalt: cuando el control interrumpe el contacto
Desde la Terapia Gestalt (Perls, Hefferline & Goodman, 1951) [3], el TOC puede entenderse como una interrupción crónica del contacto. En Terapia Gestalt, el contacto no se refiere a tocar a alguien, sino a cómo nos conectamos con el mundo, con las demás personas y con nosotras mismas en el momento presente. Es la forma en que percibimos nuestras emociones, sentimientos, pensamientos, necesidades y el entorno, y cómo actuamos en consecuencia. Ignacio no logra habitar el presente: su atención está secuestrada por el “¿y si…?”.
Cuando Ignacio está atrapado en sus pensamientos obsesivos, pierde esta conexión: aunque Ana le hable o su hijo esté cerca, él no percibe ni responde a lo que realmente está sucediendo, porque su mente está en otro lugar. El control excesivo funciona como una defensa frente a la ansiedad... en el fondo, Ignacio está cuidando no experimentar la ansiedad, pero al mismo tiempo impide el contacto auténtico con Ana, con su hijo y consigo mismo. La terapia gestáltica buscaría que Ignacio tome conciencia de su tensión corporal, su miedo y su necesidad de seguridad, sin juzgarla, permitiendo que emerja una forma más flexible de estar en el mundo y en contacto con lo que le rodea. Por supuesto, habría que hacer una exploración a fondo del origen de ese proceso para hacer un reto a los relatos dominantes y empezar a acompañarle a procesar (y estos retos, son más bien de las terapias narrativas).
Desde la Terapia Centrada en la Persona: comprender sin corregir
Para Carl Rogers (1961) [4], el cambio ocurre cuando la persona se siente aceptada sin condiciones. Ignacio no necesita que le digan “deja de hacer eso”, sino que alguien comprenda el sufrimiento que hay detrás del ritual.
Ana cumple aquí un rol fundamental: su amor no es complaciente, pero sí auténtico. Al poner un límite claro, no abandona; invita al cambio. Desde la Terapia Centrada en la Persona, Ignacio puede reconstruir su autoconcepto, separando su identidad de su trastorno.
La neuropsicología respalda esta mirada: la empatía y la validación emocional activan regiones prefrontales asociadas con la autorregulación y la flexibilidad cognitiva (Kolb & Whishaw, 2006) [2].
Desde las Terapias Narrativas: no soy mi trastorno
Las Terapias Narrativas (White & Epston, 1993) [5] proponen algo esencial: la persona no es el problema; el problema es el problema.
Ignacio ha vivido años definiéndose como “controlador”, “difícil”, “incapaz de relajarse”. Reescribir su historia implica pasar de “soy obsesivo” a “mi cerebro aprendió a protegerme de una manera extrema”.
Este tránsito ocurre en el territorio liminal (White, 2004) [6]: un espacio incómodo, pero fértil, donde la identidad se flexibiliza y surgen nuevas formas de relacionarse consigo mismo y con los demás.
Terapias cognitivo-conductuales y de aceptación
Desde una perspectiva meramente científica, la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) es la más efectiva para TOC, especialmente mediante la Exposición con Prevención de Respuesta (EPR). En esta técnica, la persona se expone a situaciones que disparan sus obsesiones sin realizar las compulsiones, ayudando a reducir la ansiedad y romper los ciclos obsesión-compulsión (Abramowitz, 2006; Foa et al., 2012) [7][8].
La Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) o terapias basadas en mindfulness pueden complementar la TCC, enseñando a aceptar pensamientos intrusivos sin reaccionar a ellos, aumentando la flexibilidad psicológica y la tolerancia a la ansiedad (Twohig, Capel, & Levin, 2024) [9].
Desde la perspectiva cualitativa: la humanidad detrás del TOC
Para comprender plenamente la experiencia de vivir con TOC, es útil considerar la investigación cualitativa en subjetividad. Según Ascorra y López (2016), este enfoque plantea que la realidad no es algo objetivo, medible o estático; más bien, es inasible, cambiante y construida en la interacción entre el sujeto y el mundo. Cada experiencia se interpreta desde la perspectiva de quien la vive, y las acciones humanas reflejan estrategias de supervivencia, decisiones y aprendizajes desarrollados para enfrentar la vida.
Aunque la TCC y la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) son las intervenciones más validadas científicamente para el TOC (Abramowitz, 2006; Foa et al., 2012; Twohig et al., 2024), es fundamental no perder de vista que la persona que recibe estas terapias no es solo un cerebro “que funciona mal”, sino un ser humano cuyo cerebro ha desarrollado maneras de enfrentar la ansiedad y protegerse frente a su mundo interno. La subjetividad, la historia de vida y las estrategias personales son elementos esenciales para un acompañamiento integral y respetuoso.
En otras palabras, la evidencia científica indica qué métodos son efectivos, pero la comprensión del lado humano —cómo Ignacio ha aprendido a manejar su ansiedad y sus compulsiones para vivir mejor— permite que la terapia sea más efectiva y significativa, evitando reducir a la persona a un conjunto de síntomas.
Tratamiento y recuperación desde la mirada de Eduardo Calixto: cuando el amor se vuelve sostén
Gracias a un tratamiento combinado de farmacoterapia y psicoterapia, Ignacio logra reducir significativamente sus síntomas. No deja de ser organizado ni cuidadoso, pero recupera algo esencial: la capacidad de disfrutar.
Las fuentes coinciden en un punto clave: un amor real y maduro, como el de Ana, es un factor protector decisivo. Sin acompañamiento, muchas personas con TOC terminan aisladas, rechazadas o abandonadas.
Desde la perspectiva de Calixto, amar a alguien con TOC no significa tolerarlo todo. Significa comprender, poner límites y caminar juntas, como personas, hacia la funcionalidad. Y acá, valdría la pena voltear la mirada hacia Ana. Ella como persona acompañante del proceso de Ignacio... ¿cómo lo vivió? ¿qué sintió? ¿qué se le movió? Las personas acompañantes y/o cuidadoras de personas con este tipo de trastornos (etiqueta que no me gusta mucho, desde una mirada humanista, pero necesaria para hablar el mismo lenguaje), viven también procesos fuertes, complejos llenos de necesidades por atender.
A manera de conclusión
El TOC no es terquedad ni capricho; es un cerebro que aprendió a vivir en alerta. Habrá que hacerle mucho espacio a ver el contexto que orilló a que ese cerebro despertara a los estímulos del entorno y que permitió que la genética se manifestara plenamente.
La neurociencia nos explica el porqué, la psicoterapia nos muestra el cómo acompañar, pero comprender profundamente requiere mirar también la historia, las estrategias de supervivencia y la subjetividad de la persona.
Ignacio no comenzó vivir sus procesos de manera diferente solo porque quiso, sino porque alguien pudo nombrar el: “te amo, pero para seguir necesito también autocuidado y que me cuides desde tus procesos”. Ese acto implica límites claros, acompañamiento respetuoso y reconocimiento de su humanidad, no solo de sus síntomas.
Al mismo tiempo, no podemos olvidar a quienes acompañan: Ana, como persona acompañante, vivió procesos complejos, emociones intensas y decisiones difíciles. Necesidades por atender. A ella también es necesario hacerle espacio y acompañarle. El proceso de afrontar lo que viven ambas personas no es un camino individual; es un proceso compartido, donde el el cuidado mutuo, la comprensión y un acompañamiento multidimensional son factores importantísimos para ambas partes.
Así, entender el cerebro del otro no es solo un acto de conocimiento: es un acto de cuidado mutuo que integra evidencia científica, terapias validadas y, sobre todo, la mirada humanista que reconoce a la persona detrás del TOC.
Referencias
Calixto, E. (2023). Amor y desamor en el cerebro. Debolsillo.
Kolb, B., & Whishaw, I. Q. (2006). Neuropsicología humana. Ed. Médica Panamericana.
Perls, F. S., Hefferline, R. F., & Goodman, P. (1951). Terapia Gestalt: Excitación y crecimiento de la personalidad humana. Editorial Cuatro Vientos.
Rogers, C. (1961). El proceso de convertirse en persona. Paidós.
White, M., & Epston, D. (1993). Medios narrativos para fines terapéuticos. Paidós.
White, M. (2004). Narrative practice and the unpacking of identity conclusions. Dulwich Centre Publications.
Abramowitz, J. S. (2006). The Psychological Treatment of Obsessive-Compulsive Disorder. Canadian Journal of Psychiatry, 51(7), 407–416.
Foa, E. B., Yadin, E., & Lichner, T. K. (2012). Exposure and response (ritual) prevention for obsessive-compulsive disorder: Therapist guide (2nd ed.). Oxford University Press.
Twohig, M. P., Capel, L. K., & Levin, M. E. (2024). A review of research on acceptance and commitment therapy for anxiety and obsessive compulsive and related disorders. Psychiatric Clinics of North America, 711-722. https://doi.org/10.1016/j.psc.2024.04.013
Ascorra, P., y López, V. (2016). Investigación Cualitativa en Subjetividad», en Psicoperspectivas, vol. 15 núm. 1, 1-4.





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