A un mes del Mundial: lo que el fútbol nos dejó ver sobre la violencia
- Mauricio Durán

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Por Mauricio Durán
Ha pasado un mes desde que millones de personas nos reunimos frente a una pantalla para celebrar el Mundial de fútbol. Gritamos los goles, sufrimos las derrotas y compartimos momentos capaces de fortalecer nuestro sentido de comunidad. Pero estos acontecimientos también pueden hacer visible otra realidad, muchas veces detrás de las puertas de las casas.
Una revisión sistemática encontró una asociación entre algunos grandes acontecimientos deportivos y el aumento de reportes de violencia doméstica, aunque los resultados varían entre países y contextos (Forsdike et al., 2022). Algunos de los datos más citados proceden de Inglaterra: durante los mundiales de 2002, 2006 y 2010, los reportes aumentaron cuando jugó la selección inglesa, tanto si ganó o empató como si perdió (Kirby et al., 2014).
Investigaciones más recientes también han encontrado que, después de ciertos partidos, la violencia puede incrementarse horas más tarde, especialmente cuando existe consumo de alcohol por parte del agresor (Ivandić et al., 2024). Esto no significa que el fútbol cause violencia.
Tampoco que un Mundial convierta automáticamente a alguien en persona violenta. Y el alcohol, aunque incrementa el riesgo y puede favorecer respuestas impulsivas, tampoco explica por sí solo la violencia. Los partidos pueden funcionar como escenarios de intensificación: concentran emociones, consumo de alcohol, expectativas, rivalidades y frustraciones dentro de relaciones en las que quizá ya existían dinámicas de desigualdad, control o violencia.
La violencia nunca aparece de la nada
Desde la Comunicación No Violenta aprendemos a distinguir entre lo que sentimos y lo que hacemos con eso que sentimos. El enojo no es violencia en sí mismo. La frustración no es violencia.
La tristeza no es violencia. Todas esas emociones pueden ofrecernos información sobre necesidades humanas que están vivas. Sin embargo, ninguna emoción nos autoriza a utilizar estrategias que dañen o intenten controlar a otra persona.
El problema aparece cuando no aprendimos a reconocer lo que sentimos, nombrarlo y responsabilizarnos de las estrategias que elegimos para atenderlo.
Si durante toda mi vida aprendí que “ser hombre” significa no llorar, no pedir ayuda, no mostrar miedo y resolver los conflictos mediante el control o la fuerza, una situación que amenace mi identidad puede aumentar el riesgo de una respuesta violenta.
Una derrota deportiva no crea por sí sola esa violencia. Pero puede encontrar un terreno en el que ya estaban presentes el control, la desigualdad, la legitimación de la violencia o la dificultad para afrontar la frustración. Comprender este entramado no exime de responsabilidad a quien ejerce violencia. Nos permite identificar aquello que necesitamos transformar para prevenirla.
Nadie nos enseñó a gestionar nuestras emociones
Hay algo que observo constantemente en el acompañamiento terapéutico. Muchas personas llegan diciendo:
“No sé qué me pasó”.
“Exploté”.
“Perdí el control”.
Sin embargo, lo que parece una explosión repentina suele estar precedido por señales que no fueron reconocidas o atendidas:
incomodidad;
frustración;
miedo;
vergüenza;
sensación de fracaso;
necesidad de reconocimiento;
necesidad de descanso;
necesidad de apoyo.
Cuando estas experiencias permanecen invisibles, algunas personas recurren a estrategias que impactan profundamente a quienes tienen cerca. Pero tener una necesidad no justifica cualquier estrategia para atenderla.
Podemos necesitar reconocimiento sin tener derecho a exigir obediencia. Podemos sentir enojo sin tener derecho a intimidar. Podemos experimentar frustración sin convertir a otra persona en el lugar donde descargarla.
La masculinidad también necesita ser revisada
Hablar de violencia contra las mujeres no significa afirmar que todos los hombres sean violentos. Sería una generalización injusta y poco útil. Sí implica reconocer que ciertas formas tradicionales de socialización masculina dificultan el desarrollo de habilidades emocionales y pueden legitimar el control, la dureza y el uso de la fuerza. La investigación sobre violencia de pareja ha identificado las normas que sostienen el privilegio masculino y la aceptación de la violencia como factores relevantes (Jewkes, 2002; World Health Organization, 2025).
Todavía escuchamos frases como:
“Los hombres no lloran”.
“Aguántese”.
“Compórtese como hombre”.
Cuando la tristeza, el miedo o la vulnerabilidad están socialmente prohibidos, pueden terminar expresándose mediante enojo, aislamiento, control o estrategias violentas e impactantes. No porque el enojo sea inevitablemente violento, sino porque muchas personas no aprendieron otras formas de reconocerlo, comunicarlo y atravesarlo. Cuando esto se combina con dinámicas previas de control, consumo perjudicial de alcohol y aceptación social de la violencia, el riesgo aumenta. Cuando como hombres no le damos espacio a la vulnerabilidad (y vulnerabilidad no es débilidad), las cosas se empiezan a complicar más.
El alcohol tampoco explica todo
Existe una idea muy extendida: “Le pegó porque estaba borracho”. La evidencia muestra algo mucho más complejo. El consumo excesivo de alcohol es un factor de riesgo para la violencia de pareja: puede disminuir inhibiciones, deteriorar la toma de decisiones e intensificar determinadas respuestas. En el contexto del fútbol, algunos estudios han encontrado incrementos específicos de violencia relacionados con personas que habían consumido alcohol (Trendl et al., 2021; Ivandić et al., 2024). Pero el alcohol no elimina la responsabilidad ni constituye una explicación suficiente.
Muchas personas consumen alcohol y jamás ejercen violencia. Además, la violencia de pareja no se reduce a episodios impulsivos: con frecuencia incluye patrones sostenidos de intimidación, vigilancia, coerción y control. Pero todo esto tiene. que ver, a menudo, con estrategias que evaden el conectar con lo que realmente están sintiendo, y mucho menos explorar qué necesidades hay detrás de esos sentimientos. Por eso no basta con preguntarnos cuánto bebió una persona.
También necesitamos preguntarnos:
¿Cómo aprendió a relacionarse?
¿Cómo afronta la frustración?
¿Conecta con sus sentimientos?
¿Cómo reacciona cuando otra persona le pone un límite?
¿Sabe qué necesidades hay detrás de los sentimientos?
¿Qué ideas tiene sobre el poder, el consentimiento y el control?
¿Sabe pedir ayuda antes de causar daño?
Cambiar la conversación
Cuando aparece una noticia sobre el aumento de violencia durante un Mundial, solemos buscar una causa inmediata:
El árbitro.
El alcohol.
El resultado.
El equipo.
Pero quizá las preguntas importantes sean otras:
¿Qué enseñamos desde la infancia sobre sentimientos y necesidades?
¿Qué aprendemos sobre el consentimiento?
¿Qué aprendemos sobre el cuidado?
¿Qué modelos de masculinidad ofrecemos?
¿Cómo enseñamos a pedir ayuda sin sentir vergüenza?
¿Cómo intervenimos ante las primeras manifestaciones de control o de estrategias impactantes o violentas?
El fútbol no debe convertirse en el culpable que nos permita dejar intactas las condiciones sociales, culturales y relacionales que sostienen la violencia. Hay que ir más a fondo.

La prevención empieza mucho antes del primer silbatazo
Durante los partidos de mayor relevancia puede ser necesario reforzar los servicios de atención, las líneas de ayuda y la capacidad de respuesta institucional. Pero la prevención no puede comenzar el día del partido.
Necesitamos transformar la manera en que educamos y nos relacionamos:
alfabetización emocional;
comunicación;
consentimiento;
resolución no violenta de conflictos;
corresponsabilidad;
igualdad de género;
cuidados mutuos;
acceso oportuno a redes de apoyo.
detección de sentimientos y necesidades.
Necesitamos que niñas y niños aprendan que saber que el enojo no es un problema, y que el enojo no significa castigo ni retiradas de cariño o de amor. El problema aparece cuando creemos que ese enojo nos concede el derecho de descargarlo sobre otra persona, a castigar o a quitarle nuestro amor a alguien.
También necesitamos que quienes reconocen conductas de control o violencia puedan pedir ayuda y asumir responsabilidad antes de que el daño aumente. Y, ante todo, necesitamos garantizar protección y acompañamiento para quienes viven esa violencia. Un uso protectivo de la fuerza, que a veces es válido y necesario.
Una reflexión final
Como terapeuta, pocas veces pienso que una persona “es violenta” como si esa conducta agotara toda su identidad.
Prefiero preguntarme:
¿Qué historia aprendió?
¿Qué relatos dominantes trae?
¿Qué formas de relacionarse le enseñaron?
¿Qué está sintiendo?
¿De dónde vienen esas estrategias que utiliza que son impactantes?
¿Qué cuidan esas estrategias?
¿Qué necesidades no sabe reconocer?
¿Qué ideas sobre el poder y el control necesita transformar?
Esto no significa justificar la violencia. Tampoco desplazar la atención de quien la está viviendo hacia quien la ejerce. Significa comprender la violencia suficientemente bien para poder prevenirla, detenerla y exigir responsabilidad sin reducir a las personas a una identidad inmutable.
Las personas somos mucho más que nuestras peores conductas. Pero también somos responsables de los impactos que nuestras conductas generan, y es necesario aprender a hacernos cargo.
Cada acto de violencia deja heridas profundas en quienes lo viven, especialmente cuando ocurre dentro del hogar: el espacio que debería ofrecer mayor seguridad.
Ojalá llegue el día en que un Mundial solo sea motivo de celebración. Y eso, sin contar las cuestiones capitalistas que impactan e impactaron también en muchos niveles, pero esa es otra historia.
Deseo que las estadísticas que aumenten sean las de encuentros, abrazos y convivencia, no las de mujeres y familias que necesitan pedir ayuda.
Referencias
Forsdike, K., O’Sullivan, G., & Hooker, L. (2022). Major sports events and domestic violence: A systematic review. Health & Social Care in the Community, 30(6), e3670–e3685. https://doi.org/10.1111/hsc.14028
Ivandić, R., Kirchmaier, T., Saeidi, Y., & Torres-Blas, N. (2024). Football, alcohol, and domestic abuse. Journal of Public Economics, 230, 105031. https://doi.org/10.1016/j.jpubeco.2023.105031
Jewkes, R. (2002). Intimate partner violence: Causes and prevention. The Lancet, 359(9315), 1423–1429. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(02)08357-5
Kirby, S., Francis, B., & O’Flaherty, R. (2014). Can the FIFA World Cup football (soccer) tournament be associated with an increase in domestic abuse? Journal of Research in Crime and Delinquency, 51(3), 259–276. https://doi.org/10.1177/0022427813494843
Rosenberg, M. B. (2015). Comunicación no violenta: Un lenguaje de vida (3.ª ed.). Acanto.
Trendl, A., Stewart, N., & Mullett, T. L. (2021). The role of alcohol in the link between national football (soccer) tournaments and domestic abuse: Evidence from England. Social Science & Medicine, 268, 113457. https://doi.org/10.1016/j.socscimed.2020.113457
World Health Organization. (2025). RESPECT women: Preventing violence against women (2nd ed.). World Health Organization.





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