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El proveedor agotado y la cuidadora sola: la paradoja silenciosa de muchas parejas

Vivimos atravesadas, como personas, por relatos culturales dominantes que organizan silenciosamente la manera en que entendemos el amor, la familia y el trabajo. No son decisiones que tomamos conscientemente; son narrativas históricas que heredamos. Uno de esos relatos dominantes afirma que: el hombre debe ser el proveedor económico principal la mujer debe asumir la mayor parte del cuidado del hogar y de los hijos


Este relato sigue influyendo profundamente en muchas relaciones contemporáneas. La paradoja es que este modelo termina generando tensiones no solo para las mujeres, sino también para los hombres. Para comprender esto, conviene situar el problema en un contexto histórico más amplio.


El antropoceno y las narrativas que organizan nuestras vidas

Algunos científicos y pensadores han propuesto que vivimos en una nueva época geológica llamada Antropoceno, caracterizada por el impacto profundo de la actividad humana sobre los sistemas del planeta. El historiador Dipesh Chakrabarty [1] señala que el antropoceno no solo obliga a replantear nuestra relación con la naturaleza, sino también los relatos culturales que organizan nuestras sociedades: el progreso ilimitado, la productividad permanente y la centralidad del trabajo como fuente de valor personal. Estos relatos atraviesan también la vida íntima. El mandato del hombre proveedor y de la mujer cuidadora forma parte de esta arquitectura cultural.


Amor romántico y división de roles

Las formas modernas del amor no son naturales ni universales. Son construcciones culturales. La socióloga Eva Illouz [2] explica que el amor romántico contemporáneo se configuró históricamente combinando emociones intensas con expectativas económicas y sociales sobre la pareja. Al mismo tiempo, el capitalismo industrial consolidó una división sexual del trabajo en la que: el hombre se especializaba en el trabajo remunerado la mujer en el trabajo doméstico y de cuidado. Pensadoras feministas como Silvia Federici [3] han señalado que este modelo invisibilizó el trabajo doméstico, aunque este fuera indispensable para sostener la economía. La socióloga Arlie Russell Hochschild [4] llamó a esto la “segunda jornada”, refiriéndose al trabajo doméstico que muchas mujeres realizan además de su trabajo remunerado. Pero incluso cuando las mujeres no trabajan fuera del hogar, el modelo genera tensiones profundas.


La paradoja contemporánea: proveedor agotado, cuidadora sola

En muchas parejas aparece una paradoja silenciosa. Algunos hombres se ven impulsados —por presión cultural, expectativas familiares o convicciones personales— a asumir la mayor parte de la responsabilidad económica del hogar. Esto puede derivar en: exceso de trabajo estrés financiero permanente tendencias al workaholism (obsesión por no dejar de trabajar) y sensación constante de insuficiencia.


Detrás de estas dinámicas, muchas veces operan factores psicológicos como el perfeccionismo o la necesidad de demostrar valor a través del desempeño. Sin embargo, mientras el hombre dedica cada vez más tiempo al trabajo, la mujer puede experimentar otra forma de sobrecarga. Cuando el cuidado de los hijos recae principalmente en ella, aparecen con frecuencia: agotamiento emocional, aislamiento, invisibilización del trabajo de cuidado, sensación de cargar sola con la crianza.


Así, paradójicamente: el hombre puede sentirse insuficiente y la mujer puede sentirse profundamente sola. Ambas partes terminan agotadas. Y muchas veces terminan culpándose mutuamente.


La dimensión económica que casi nunca se nombra

Estas tensiones no ocurren en el vacío. Están profundamente conectadas con las condiciones económicas reales en las que viven las familias. La analista política Viri Ríos [5] argumenta en su artículo “No, no eres clase media” que gran parte de la población mexicana sobreestima su nivel socioeconómico. Según sus cálculos, una familia de cuatro personas necesitaría aproximadamente 64,000 pesos mensuales para ser realmente clase media, un nivel de ingreso que solo alcanza alrededor del 10% más rico del país. Eso, recordando que el artículo fue escrito en 2020. Estas reflexiones implican algo importante: muchas familias que se consideran clase media en realidad viven en condiciones de vulnerabilidad económica.


En la Ciudad de México, por ejemplo: el ingreso estimado para vivir “bien” ronda 29,500 pesos mensuales por persona, según encuestas económicas recientes. para una familia de cuatro personas, el gasto mínimo mensual puede situarse entre 31,800 y 40,800 pesos incluso en niveles de vida relativamente modestos. Esto significa que, para muchos hogares, un solo ingreso difícilmente puede sostener todas las necesidades de la familia. Sin embargo, el relato cultural del proveedor masculino continúa operando como si esa realidad económica no hubiera cambiado. El resultado es una presión intensa sobre muchas parejas.


Las capacidades humanas y la vida que realmente vale la pena vivir

La filósofa Martha Nussbaum [6] propone una perspectiva muy útil para comprender estas tensiones. Su enfoque de las capacidades plantea que la justicia social debe evaluarse según las oportunidades reales que tienen las personas para desarrollar una vida digna. Entre las capacidades centrales que identifica se encuentran:


  1. Vida: Gozar de una existencia de duración normal, sin morir prematuramente.

  2. Salud corporal: Disfrutar de una buena salud, que incluye alimentación y vivienda adecuadas.

  3. Integridad física: Moverse libremente y estar protegido contra cualquier tipo de violencia, tanto pública como doméstica.

  4. Sentidos, imaginación y pensamiento: Usar la mente y la razón de forma plenamente humana, respaldado por una educación de calidad.

  5. Emociones: Capacidad de amar, sentir y desarrollarse afectivamente sin que traumas o entornos dañinos lo impidan.

  6. Razón práctica: Formarse un concepto propio del bien y reflexionar críticamente sobre el rumbo de la propia vida.

  7. Afiliación: Vivir en comunidad, empatizar con los demás y contar con las bases sociales para el autorrespeto y la no discriminación.

  8. Otras especies: Convivir en armonía, mostrando respeto, cuidado e interés por los animales y la naturaleza.

  9. Juego: Poder reír, jugar y disfrutar de actividades recreativas y de ocio.

  10. Control sobre el entorno:

    • Político: Participar eficazmente en las decisiones ciudadanas.

    • Material: Tener derecho a la propiedad, al empleo digno y a la autonomía económica en igualdad de condiciones.



Cuando una familia vive bajo presión económica constante, varias de estas capacidades quedan comprometidas. Por ejemplo: largas jornadas laborales limitan la presencia de papá y/o mamá. La precariedad económica afecta el acceso a educación y salud. La sobrecarga de cuidado reduce el tiempo personal y social. En otras palabras, el problema no es solo cultural o psicológico. También es estructural (la estructura social, vaya).


Los relatos dominantes de género, heredados, siguen funcionando como si las condiciones económicas fueran las mismas que hace décadas. Pero la realidad es distinta. Cuando el problema se vuelve personal En medio de estas tensiones, es común que las parejas interpreten los conflictos como fallas individuales. Se escucha entonces frases como: “él solo piensa en el trabajo” “ella nunca está satisfecha” “él no se involucra” “ella exige demasiado”.


Sin embargo, desde la terapia narrativa desarrollada por Michael White y David Epston [7], existe otra manera de mirar estos conflictos. En lugar de culpabilizar a las personas, podemos externalizar el problema y preguntarnos: ¿qué relatos dominantes culturales están influyendo en esta relación? Cuando hacemos esto, aparece algo revelador: muchas veces no son las personas el problema. El problema son las narrativas que estructuran nuestras expectativas. Repensar el amor en un mundo que cambió. Las relaciones contemporáneas se encuentran en una transición histórica. Las mujeres participan cada vez más en el mercado laboral. Los costos de vida han aumentado. Las exigencias económicas son mayores. Pero muchos de los relatos culturales que organizan nuestras relaciones siguen perteneciendo al siglos pasados, y aún estamos atravesadas, como personas, por esos relatos y los hacemos seguir vivos.


Quizá uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es revisar estas narrativas. No para culpar a hombres ni a mujeres. Sino para preguntarnos algo más profundo: ¿qué formas de organización de la vida permiten realmente florecer a las personas? Eso, muchas veces, no depende de nosotras, las personas de a pie. Pero ¿cómo podemos ir organizándonos? En términos de capacidades humanas, una relación saludable no debería producir ni proveedores agotados ni cuidadoras solas. Debería permitir algo más complejo y más humano: construir formas de vida donde el trabajo, el cuidado y el bienestar puedan sostenerse mutuamente. De ahí la idea de Genevieve Vaughan sobre la economía del regalo que busca romper las visiones capitalistas, y que todas las personas atendamos a nuestras necesidades en mutualidad.



Cuando quien sostiene también necesita ser sostenido

Estas reflexiones no nacen solamente de la lectura, la investigación o el trabajo académico. También nacen de conversaciones, acompañamientos, observaciones y experiencias que me han permitido mirar de cerca cómo ciertos relatos culturales terminan habitando nuestras vidas cotidianas.


Durante mucho tiempo me llamó la atención una idea que parece sencilla, pero que organiza silenciosamente muchas relaciones: el valor de una persona suele medirse por aquello que produce, resuelve o sostiene. Particularmente para muchos hombres, existe un aprendizaje temprano que asocia la dignidad con la capacidad de proveer, responder y no fallar. El problema es que estos relatos rara vez anuncian sus costos.


A veces la responsabilidad económica, laboral o profesional comienza a ocupar cada vez más espacio. Lo que inicialmente aparece como compromiso o deseo de aportar, puede transformarse lentamente en preocupación permanente. Lo que parece responsabilidad puede convertirse en exigencia. Y lo que parecía cuidado termina generando distancia.


He visto cómo muchas personas llegan a sentirse atrapadas en una paradoja dolorosa: trabajan para ofrecer bienestar a quienes aman, pero en el proceso disponen de cada vez menos tiempo, energía o presencia para compartir ese bienestar. No porque no quieran estar, sino porque sienten que no pueden dejar de sostener, hay una sobreexigencia externa o una autoexigencia.


Sin embargo, la otra cara de la historia tampoco suele ser reconocida. Mientras algunas personas cargan con el peso de garantizar la estabilidad económica, otras sostienen gran parte del trabajo emocional, doméstico y de cuidado. Ambos esfuerzos suelen permanecer invisibles para quien está intentando sobrevivir a su propia sobrecarga.


Desde una mirada narrativa, esta comprensión resulta importante porque permite desplazar la pregunta. En lugar de preguntarnos quién tiene la culpa, quizá podamos preguntarnos qué historias heredadas están organizando nuestras expectativas sobre el amor, el trabajo, la familia y el éxito. ¿Qué sobreexigencias no son mías sino del entorno?


Cuando observamos el problema desde ahí, algo cambia. Descubrimos que muchas de las tensiones que aparecen en las relaciones no son simplemente el resultado de malas intenciones o de defectos individuales. Son también el resultado de intentar vivir bajo mandatos que pertenecen a otros tiempos, en contextos económicos, sociales y culturales profundamente distintos. O a problemas que el contexto está dejando sin resolver... no las personas.


Reconocer esto no elimina el dolor, pero sí puede abrir espacio para la compasión, entendida como ese deseso de aliviar el dolor propio y/o ajeno. Porque quien cuida también necesita cuidado. Quien sostiene también necesita ser sostenida, como persona. Quien acompaña también necesita acompañamiento.


Tal vez uno de los desafíos más importantes de nuestro tiempo consista en aprender a construir relaciones menos organizadas por la lógica del sacrificio y más orientadas hacia la mutualidad. No una mutualidad idealizada, sino una práctica cotidiana donde las personas puedan compartir responsabilidades, vulnerabilidades y cuidados.


No tengo respuestas definitivas sobre cómo lograrlo. Pero cada vez estoy más convencido de que una vida digna no puede construirse desde la soledad de quien carga todo el peso ni desde la invisibilidad de quien sostiene en silencio. Quizá el camino comience cuando dejamos de preguntarnos quién debería sacrificarse más y empezamos a preguntarnos cómo podemos florecer juntas, como personas.


Referencias

[1] Chakrabarty, D. (2009). The climate of history: Four theses. Critical Inquiry.

[2] Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica. Internet Archive. https://archive.org/details/illouz-eva.-el-consumo-de-la-utopia-romantica-2009

[3] Federici, S. (2012). Revolution at Point Zero: Housework, Reproduction and Feminist Struggle.

[4] Russell Hochschild, A. (1989). The Second Shift.

[5] Ríos, V. (2023). No, no eres clase media. The New York Times.

[6] Nussbaum, Martha. (2012). Crear capacidades. Propuesta para el desarrollo humano. Traducción de Albino Santos. Paidós. Barcelona.

[7] White, M., & Epston, D. (1990). Narrative Means to Therapeutic Ends.


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Psicología Humanista · Educación · Arte

Dr. Mauricio Durán Serrano (Ph.D.)

Investigador Postdoctoral - UNAM.

Especialista en Comunicación No Violenta y Desarrollo Humano

Autor de la colección "El Jardín de los Sentimientos", y  "De las Limitaciones a la Libertad"

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